Matanza

El viento negro de la noche viró sutil hacia el celeste pálido del día. El frío matinal encontraba el primer calor del sol, cuando R terminaba de cargar el rifle. Cruzada al pecho la escopeta, dispuesta y dócil por si debía reventar algo de cerca. Parado en la azotea de un viejo edificio en remodelación, esperaba paciente la avalancha de estudiantes, que en poco más de 15 minutos, se metería en el liceo, despareja, deforme y apurada. Había estado cazando en su cabeza por más de 6 meses, y hoy sería el día en el que finalmente la fantasía chocaría con la concreta realidad para siempre.

Aquel era el liceo más grande de la ciudad, lleno de espacios abiertos y una escalinata en la entrada, alguna estatua o algún busto también. Los adolescentes todos iban a ingresar en desorden, como siempre: algunos tarde, otros temprano. En otro lado estaban los pocos llenos de suerte que aquel día faltaron. Y arriba y a justa distancia él, firme, más feliz que un niño en bicicleta y en bajada y en el primer día de vacaciones y con su mejor amigo yendo a comer helado. Para qué indagar en los laberintos truncos de su mente; para qué tratar de encontrar allí algo que justifique lo que comenzaría a hacer en minutos: él tenía determinación, que es algo difícil de encontrar en muchas mentes sanas y productivas, o al menos adaptadas.

Como una gárgola, podía panear toda la manzana desde la altura. Comprobó el pulso perfecto al levantar el rifle apuntando al aire. Dos palomas rompieron el silencio con su desacato rápido, y aún así, las manos, su cuerpo entero, helados y como clavados al mismo suelo: una estatua de un guerrero kamikaze, grandioso y temible, solo protegido por una ancha chimenea y algunos escombros. Vio entrar por separado a algunos profesores y a dos o tres funcionarios. Y entonces la torva de cuerpos comenzó a soltarse de a poco. Podía ver cómo venían desde distintas cuadras, doblando las esquinas, la mayoría caminando, algunos en bicicleta. Como si alguien hubiese pateado un hormiguero, las hormigas se ramificaban pero marchaban hacia un mismo objetivo. Dejó pasar unos minutos, con los ojos tiesos en lo que él ya preveía como una masacre, la más furiosa de la que se tenga registro.

Había llegado el momento. Con la mira empezó a estudiar cabezas. Las primeras seis estallaron prolijas, en orden, con silencios entremedio. Ya a partir de la séptima el ritmo pasó a ser errático y ansioso: a lo que entraba en la mira (pierna, brazo, torso) le disparaba. Lo hacía con una euforia mortífera, como si tuviese un cable pelado metido en la ingle. Cargaba, disparaba, cargaba, disparaba. Ahora sí, aquello era un griterío de infierno. En situaciones como esta, varios logran esconderse, pero muchos, presos de la confusión, se quedan dando vueltas, como gallinas en un corral. Fue entonces que empezó a lanzar las bombas de clavos. Disfrutaba ver el daño aleatorio que causaban. Los gritos, los llantos se hacían un olor imposible de describir, ya que solo él lo entendía.

Estaba tan inmerso en su faena de sangre, que no oyó las sirenas ni notó, como si estuvieran en una guerra bajo fuego enemigo, a los verdes y azules que ya casi alcanzaban la azotea para rodearlo. Fue en una pausa para cargar, que vio a sus espaldas al primer raso con su grupo pegado atrás. Tal como si aquello fuera un postre luego de un banquete, tomó la escopeta y empezó a reventar carne, tripas y sesos en el quieto aire de la azotea. Calculó al menos cinco muertos en menos de 30 segundos. Empezó a arrojar las bombas que le quedaban, amaba ver cómo todavía había gallinas que recibían la lluvia de metal; los veía retorcerse, pausaba el evento con la vista, como lo hace un pintor una vez satisfecho con su cuadro.

Más de veinte muertos y al menos sesenta heridos graves entre sordos gemidos, humareda y pavoroso silencio, decoraban ese campo de batalla. Una docena de ambulancias daba la vuelta a la manzana; vecinos desconcertados deambulaban como zombis; el barrio entero era como una sola y gigante herida escupiendo pus. Tuvo un segundo más para ver eso, antes de volver a la nada, y el balazo entró limpio. De la nuca se abrió paso y salió por la frente de R, quien, como muchos de los mejores, no llegó a vivir para disfrutar las consecuencias gloriosas (e influyentes) de su obra.

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Los prematuros

No tienen más pegamento. Entonces se marean a propósito para sentir la evasión; parecen mongólicos. Amarillos y pálidos al sol de la tarde, son como trompos de carne sin sentido. Están estancados en una vida que no los quiere; no tendrían que haber sido arrojados a la inmundicia cruda del mundo, escupidos por una mujer con igual pasado, con idéntica tendencia a la idiotez anímica y a la abulia crónica. Tienen 13 años los gemelos, y ya han castigado al cerebro más que un alcohólico de 70. Son funcionales, cumplen tareas prácticas; pero también son vagos y erráticos. Cortan el pasto a los vecinos por monedas, lavan autos en la estación, tiran la basura, y en los días largos y pegajosos, lentos, del verano, ellos hacen los mandados por el vuelto. Van y vienen, como ratas autómatas y ágiles peinando con velocidad todas las calles y veredas del barrio; siempre alguien tiene que ir al almacén o al supermercado, y ahí están, prontos y serviciales. Hacen su negocio. Viven. Sobreviven. Es cierto que cada vez que entran a su hedionda casa deben pagar peaje a sus padres, quienes, más con gestos y actitudes que con palabras, los rebajan y resaltan la cualidad inútil y sin futuro que los define. En la casa siempre está la tele prendida y no se puede ver a más de dos metros de distancia a causa del humo de tabaco. Los padres (sobre todo el padre) han avanzado a la cocaína, al barro amarillo y barato de cocaína, y la fuman con la naturalidad atroz del animal que mata a su cría y luego avanza y se tiende a esperar la lluvia.

Y yo ahora los miro, echado en el pasto, la espalda contra el muro del patio. Lleno (o vacío) de ocio, arranco puñados de flores, yuyos y tierra, juego con ellos en una mano (los dejo caer y los vuelvo a levantar, sistemático), suspiro y busco algo en las nubes que me sirva de consuelo; como busca un borracho en una grapa tibia y barata a las 3 de la tarde en un día infernal de 38 grados, en el exacto corazón de enero. Los veo en su danza imbécil, enroscados en el aire. Frenan de golpe, caen y se ríen. ¿Qué puedo decir? Por mí que sigan así hasta quedar retrasados y hacerse atropellar por un auto, o matar por un policía con mala puntería. Lo digo así, yo, porque me duele y me afecta que dañen a un animal tanto como no me importa que lo hagan con una persona (o una persona se lo haga a sí misma).

Desaparecen del cuadro unos minutos, quizá más (yo voy y vengo del sueño, estoy ampliado en un letargo). Vuelven. Poco más y saltan de la euforia: han conseguido más pegamento. No pierden tiempo, empiezan a jalar (primero tensos y agazapados, luego ya resueltos a la forma irregular de un cuerpo flojo y sedado), y casi que los veo disolverse en la pura intoxicación; en el comienzo hacia la meta que les envidio: alcanzar la plena estupidez para engañar al dolor hasta la muerte.

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Imagen: Gummo, Harmony Korine, 1997

 

 

 

Actor

El actor busca un recuerdo que empuje el llanto; lo encuentra con la facilidad del artista entrenado, que ha tallado prolijo y paciente la simulación atada a una verdad interior. El actor la manosea y la exprime a esa verdad, sin tocar su laberinto. Tiene que haber dolor en esa verdad (del dolor nacerá todo lo demás), que el actor traduce en representación. El actor que destaca, puede ser aquel que representa el dolor mismo y no su apariencia, y de allí vuelve lúcido y adaptable, pronto para zambullirse otra vez en un mar de emociones ajenas, ordenadas por la ficción. Pero le puede pasar que luego de tanto repetir y mejorar el ejercicio, algo le empiece a andar mal adentro, algo que puede explicar porqué, en un asado con amigos un domingo, en un ámbito completamente ajeno a su oficio, dé vuelta la mesa en un arranque de ira. Enseguida puede llorar. Más tarde pedir disculpas. Puede volver, radical y peligroso, a los abusos y vicios viejos que en realidad dejó porque afectaban su desempeño en el teatro. Puede confundir personajes en un brote psicótico y lastimar a alguien. Todo eso es probable en Pablo, hoy, mañana, la semana que viene.

Ahora ronca solo en la cama; sus recuerdos van al fondo negro del sueño y vuelven turbios, cargados de misterio y enredados en una mixtura ondulante; una maraña onírica que se teje bien atrás en su mente. Y de allí nace un brote: una pequeña fisura que se abrirá en grieta. Pablo entre sábanas y frazadas; Pablo, su cuerpo, pegado al colchón, abrazado al abismo; Pablo y el ritmo desaforado de sus latidos; ojos grandes, jadeo nervioso, tenso entero. Despierta. El primer movimiento es el de su mano, tantea los cigarrillos. Prende uno, suelta un chorro grueso de humo y suspira. Hoy va a ser el día en el que va a explotar, y no tiene cómo saberlo.

Durante el último mes, ha estado casi a diario bajo las órdenes de un director de cine. Tiene el protagónico en un drama denso que promete darle por fin una recompensa a todos los años de trabajo. El director es un polaco del que dicen que ha renovado el género, y viene cosechando varios premios de peso internacional hace unos años ya. Trabajar con él, no solo significa para Pablo un salto radical a nuevas oportunidades de trabajo afuera, sino que le da una sensación de plenitud personal, algo difícil de explicar: una mezcla de narcisismo y devoción típica en los artistas intensos como él. Desde hoy tendrá dos semanas de descanso. El rodaje en ese período no contiene escenas que lo involucran directamente; tampoco se va a filmar mucho, porque además, el polaco tiene problemas con los municipios en donde se ruedan muchos exteriores. Se ha dilatado la producción. Pero eso a él no lo toca, es el director quien debe estar ahora al borde del colapso nervioso, exagerando todo, convencido de que es el próximo Kubrick. Todos quieren ser el próximo algo y también ser lo mejor de todo. Todos o casi todos los artistas. Igualmente, eso es algo que importa menos que una hormiga: el final siempre es el mismo. Lo que importa es que a Pablo lo llaman por teléfono; es un amigo que sabe que él está libre. Lo que importa es que el amigo lo invita a un asado. Lo que importa es que Pablo va, y que después del asado una sinuosa y prolongada cadena de atrocidades lo hundirá rotundo. Lo que importa es que el polaco lo verá horrible en el set, totalmente devorado, inestable y perdido. No importa lo que dice el contrato, el polaco lo corre a patadas y no lo llama más. Lo otro que también importa, es que Pablo en adelante llenará sus días con patetismo autómata, y eventualmente será él un personaje que quizá otro actor algún día, se esfuerce por sacarle vida y lo represente auténtico y profundo bajo una lluvia de aplausos.

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Imagen: El quimérico inquilino (Le locataire), Roman Polanski 1976

 

 

Después de la reunión

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Mago Jones era el nombre del niño, y no me dejaba entrar solo al baño. Cabezón, de boca grande y ojos saltones, hacía todo lo posible por arruinar la reunión con sus berrinches de retrasado. Es que ya tenía diez años y sin embargo no soportaba estar solo en una habitación. Pero lo peor era cuando elegía a alguien de quien prenderse, y se obsesionaba al punto de que aunque hubiese más gente compartiendo el espacio, tenía que ser siempre esa persona la que debía estar con él en todo momento, como si los demás sólo fueran muebles. Mago Jones era muy feo y aunque uno lo bañase bien, siempre tenía un olor como a leche agria que empeoraba cuando él se agitaba frenético en uno de sus berrinches de idiota. Otra cosa detestable en Mago era su forma de llorar: ronca, sofocada, llena de mocos y sin lágrimas. Era normal que babeara porque sí y que se quedase varios minutos parado mirando la pared, y que de golpe interrumpiese el trance para comenzar a girar sobre sí mismo hasta marearse y caer al suelo. Entonces reía y trataba, con todas sus ganas, de resultar tierno, pero nos daba un asco tremendo. Y eso que tratábamos, pero no había caso, lo único que su presencia nos provocaba era un rotundo y creciente desprecio; un desprecio visceral  por cada ademán, cada palabra mal dicha, cada cucharada de puré que intentaba meterse en la boca. Ah, porque también estaba eso: no tenía dientes; apenas indicios, como los de un bebé. Teníamos que darle todo licuado, pisado o líquido. Tampoco tenía buena coordinación, siempre se le volcaba la comida, teníamos que ponerle un babero. Y el olor de sus pedos era rancio y vomitivo; como si adentro procesara los alimentos de forma enferma y anormal.

El día de la reunión yo había tenido la mala suerte de ser su obsesión de turno, su chupete. No me soltaba para nada. Me interrumpía con su seseo lento cuando yo hablaba con los demás, sin aportar más que palabras sin sentido. Tiraba cosas y si alguien se atrevía a levantar lo que fuera que arrojara, empezaba a gritar; solo paraba si era yo quien se tomaba la molestia de agacharse a cumplir su capricho. El día de la reunión estábamos celebrando el cumpleaños de mi esposa. Éramos pocos: tres amigos de ella, mi hermana y un primo que había venido de Buenos Aires. El día de la reunión, cuando finalmente entró al baño conmigo, empezó a hablarme con un poco de coherencia y en voz baja. Lo que le entendí fue una historia sobre una gaviota con cuerpo de humano, un híbrido siniestro y violento. Al parecer la criatura tenía una cara espantosa, con un ojo grande y duro. De noche, me dijo Mago, cuando todos dormíamos, lo picoteaba por gusto y a veces le metía la mano entre las piernas. Él se dejaba porque quedaba como paralizado, decía. Mago agregó que esto venía pasando hace un buen tiempo ya. Durante los minutos en que me contó esa historia, mantuvo en todo momento un gesto nuevo, algo que no le conocía: la cara de alguien que cuenta, con miedo, algo horrendo pero cierto. Igualmente lo ignoré, se trataba de Mago Jones, la criatura más imbécil en kilómetros.

Todos se habían ido. Mi mujer y yo estábamos ordenando un poco. Ella barría el comedor, yo fregaba en la cocina. Mago estaba en uno de sus trances. Después nos fuimos a dormir. Cuando yo tenía noches de sueño liviano, y esa era una, me irritaban los ronquidos de Mago, entonces iba a su cuarto y le daba vuelta la cabeza o lo sacudía un poco para que parara. Esa noche, tuve que ir tres veces a su cuarto. Luego de la tercera ya tenía insomnio. Bajé a la cocina, comí algo, fumé. Me quedé mirando tele como una hora. En un momento empecé a sentir un coro de graznidos arriba, reverberaban en el aire de la casa como multiplicándose. Me quedé duro y hubo silencio; me moví y sentí agudo y gutural un único y prolongado graznido, tan fuerte que me dejó pitando los oídos. Subí la escalera, el corazón en la boca. Entonces vi a mi mujer, me puso su perfil: sonreía parada en la puerta del cuarto de Mago Jones. Me acerqué y vi la ventana abierta y la cama vacía y llena de plumas. Nos abrazamos. Por fin, éramos libres de aquel engendro que siempre nos torturó con su existencia.

 

 

 

*El mecanismo de la pesadilla

*Nota publicada originalmente en Metacultura

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Hipnótica obra de Peter Strickland, que en su segunda película ahonda con maestría en un infierno de distorsión, gritos, muecas exageradas, sangre, egolatría, terror y metacine, mediante un ejercicio de brillantez técnica que envuelve desde el primer minuto bajo el asedio del poder del sonido.

Años 70. Gilderoy (Toby Jones), un ingeniero de sonido británico, es contratado por un director italiano, Giancarlo Santini (Antonio Mancino), para trabajar en la posproducción de una película giallo, de su autoría. El retraído ingeniero se especializa en la posproducción sonora de documentales sobre fauna rural, y llega al estudio italiano Berberian convencido de que trabajará en un film sobre caballos. Es que fue informado por el director que el proyecto estaba vinculado a lo ecuestre, sin más detalles. Y cuando es recibido por el productor, Francesco Coraggio (Cosimo Fusco), y puesto a ver una escena, identifica, confundido, que el proyecto poco tiene que ver con la temática de sus anteriores trabajos. Paulatina y exponencialmente se irá introduciendo en un clima opresivo, violento y enfermizo, en el que no se sentirá cómodo, cuando además, el reembolso de sus gastos en el vuelo de ida, se escurra en entramados burocráticos de corte kafkiano.

Tan intenso como disfrutable es ver el artificio de una obra de ficción por dentro: objetos y comida manipulados para logar determinado sonido; gestos, ademanes y poses impuestas en las actrices para que expulsen el caudal de voz más tenebroso o el tono adecuado en un diálogo, mientras son expuestas como herramientas desechables, como peones histriónicos sumidos a los antojos de una entidad caprichosa. Ellas serán torturadas con la excusa de sacarles lo mejor para la película, y manoseadas como objetos en su cualidad desechable. Y Gilderoy permitirá ser obligado (gracias a su cobardía) a funcionar como cómplice.

El entorno asfixiante es reforzado por el protagonismo del sonido (tan monótono como arrítmico o agresivo) y los planos cerrados. Abundan los plano detalle y es sutil el montaje de las transiciones entre el estudio y el lugar en el que duerme Gilderoy, lo que contribuye a lo que poco a poco decantará en una yuxtaposición de realidades distintas, muy cercano al estilo de David Lynch. Entonces lo metafílmico funciona como eje y motor. La reiterativa presencia de un cinematógrafo y de elementos mecánicos que surgen súbitos y estridentes, nos recuerdan a la rupturista Persona, de Ingmar Bergman, ya desde el comienzo. Existe también cierta ausencia de lógica en la narrativa (otro rasgo lynchiano), al carecer de los elementos del relato convencional (o por lo menos alterando su orden y sus funciones). Es que Berberian Sound Studio, en su desarrollo, explora el proceso de elaboración de una película y la afectación psicológica de un personaje absorbido por ese proceso, fundiendo a ambos aspectos -el proceso y la afectación- en la pura intención de impresionar con fundamentos. El contraste entre las personalidades de Gilderoy (tímido, sumiso, miedoso) y Coraggio y Santini (viriles, decididos, prepotentes)  potencia el desconcierto y ayuda a entender a Gilderoy como una especie de víctima de un cruel circo. La noción de pesadilla viva se instala en la mente de Gilderoy, altera sus impresiones, influye en su accionar, y se opone al vínculo con su madre, sutilmente demostrado en las cartas que ella le envía y él responde.

Luego de que una de las actrices vapuleadas destruye parte de la producción como venganza al maltrato recibido, se accede a un terreno casi plenamente experimental hasta el final, en el que la yuxtaposición alcanza su máximo nivel, y el horror y la locura  confluyen en un surrealismo asfixiante. Mención aparte para la importancia del color rojo en trabajo con el negro; combinación que bien utilizada desemboca en un fuerte impacto visual. Mezcla de terror psicológico, surrealismo, cine experimental y drama, Berberian Sound Studio es un homenaje impecable al cine como aparato, cuyo mecanismo tiene en su caso, la compleja función de perturbar al espectador (durante y después del visionado) y desestructurar lo real, o al menos lo que la percepción nos indica como tal.

Berberian Sound Studio (Reino Unido, 2012)

Dirección: Peter Strickland. Guion: Peter Strickland.  Elenco: Toby Jones, Tonia Sotiropoulou, Cosimo Fusco, Susanna Cappellaro, Layla Amir, Eugenia Caruso, Antonio Mancino, Hilda Péter, Chiara D´Anna, Katalin Ladik, Guido Adorni, Lara Parmiani, Suzy Kendall, Salvatore Li Causi, Fatma Mohamed, Zsuzsanna Buksi. Fotografía: Nicholas D. Knowland. Productora: Illuminations Films / Warp X. Duración: 92 minutos.

 

 

 

Japón ayer

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*Relato publicado en “Climas” (Civiles iletrados, 2018)

Tsunami cósmico, tsunami cósmico, dice un español radicado en Japón hace más de diez años. Lo dice cuando desde el ventanal de su penthouse en Aoyama, Tokio, ve una nube turbia y espesa que se mueve deforme y hambrienta. Sale al balcón de su vivienda, y un aire fétido y húmedo, casi corrosivo, lo atraviesa. Es que a las afueras de Tokio han reventado en pedazos fábricas enteras con sus vapores tóxicos escapados, liberados al encuentro con el aire. También, la tormenta o el tsunami cósmico, como diría el gallego que en este momento está vomitando sangre en su balcón muriendo de una forma muy agresiva y dolorosa, ha levantado muchos escombros, formando con rapidez una serie de tornados. En otro edificio, en un restaurant para ejecutivos, un chef, mientras se presta al mise en place[1] con calma y diligencia, distingue la presencia copiosa de relámpagos y rayos dentro del tsunami cósmico del español quien ahora ha dejado de existir, mientras su cuerpo lacerado y asqueroso yace al lado de su jacuzzi.  Abajo, en plena avenida, una niña que viaja junto a su madre saca la mano por la ventana de un taxi y una gota de lluvia constituida por vaya a saber uno qué cantidad de químicos en mal estado le atraviesa la mano, se la perfora como si la carne fuera un pedazo de papel maché. La niña grita desaforada y provoca que, irritable por haber dormido tan solo dos horas, el taxista pise con fuerza el acelerador sin querer; el coche se introduce en una masa de gente a las afueras de un centro comercial, mueren los tres pasajeros y al menos siete personas más. A veinte kilómetros de ese suceso, un cocainómano encerrado casi a oscuras en el living de su casa y sentado frente a una mesa ratona de vidrio tajeada por gruesas y largas líneas blancas, ve, a través de la única porción de cortina descorrida sobre la ventana, la masa de tormenta que ahora arrastra edificios enteros. De manera apresurada levanta de la mesa con la mano todo lo que puede y se lo esparce entre la boca y la nariz,  y sale corriendo de su casa; corre como nunca en su vida mientras siente la amargura que le baja en bloque por la garganta. Más lejos, la majestuosa montaña Kitadake es arrancada de cuajo, y, despedazándose y lloviéndose en trozos, vuela como imantada hasta unirse al aglomerado de escombros, animales y cadáveres despedazados que van conformando una mole tóxica y flotante.

Toda esa aberración climatológica, que será luego clasificada por los científicos como un tsunami cósmico, tal cual había predicho el gallego, seguirá creciendo, y en su enormidad vasta de kilómetros, adquirirá distintas formas, figurará ser distintos objetos y presencias gigantes. Mediante variaciones rítmicas, llegará inclusive a cesar su actividad por completo hasta desaparecer, solo para resurgir de la nada con sorprendente violencia y rapidez. Y así se paseará por todo el mundo a su antojo, cada vez más viva y caprichosa.

El olor espeso a buseca de mondongo condimentada en exceso planeaba pesado y lento dentro del boliche. Parecía arremolinarse y luego soltar su presencia calórica y suculenta de a poco, casi configurando una cortina flotante que opacaba un poco la luz de mediodía que se metía apática por las ventanas. Otros aromas que competían en intensidad con el de la buseca, eran los de tabaco negro, cigarros, grapa, cerveza y sudor. Los olores y colores de objetos cuerpos, ropas y caras del boliche, conformaban una amalgama que por momentos, y salvando las distancias, podría asimilarse a la figura tosca, enorme y apretada, creciente y asesina de la tormenta que había nacido en Japón horas antes. Tormenta (o tsunami cósmico) de la cual no se sabía nada aún en el Alianza, el boliche que expresaba su existencia en un barrio de alguna ciudad uruguaya. De no ser por la música que escupía la radio, podría escucharse el indomable graznido de las tripas de quienes con ansiedad esperaban el “cuando quieran muchachos, esto ya está para entrarle” que provendría de Rogelio Rosi, el dueño del Alianza (de quien se sabía que tenía un tacto prodigioso para la comida de olla), una vez que estuviera pronta la buseca. Como estaba al tanto de su habilidad o talento culinario, mientras los otros esperaban los platos humeantes acompañados de un vaso de tinto y  rodajas de pan casero, él percibía un cruel disfrute dentro suyo, secreto y latente, como si aquella capacidad casi sobrenatural lo transformara en una especie de rey del buen comer.

—Y, viejo, ¿para cuándo? No seas malo, no doy más, ya estoy rabioso —dijo el Virolo Arrascaeta, arqueado sobre la barra y con una mano nerviosa sobándole la panza.

—Tranquilo Virolo, falta poquito, tomá—extendió un plato lleno de maní salado— picoteá si querés. Sí, sí, ya sé, no me digas nada, tas con hambre de guiso, no te da con el maní. Pero esto es una ciencia exacta, hay que respetarle los tiempos —dijo Rogelio, descolgando una guiñada—, aguantá un poquito más que ya sale, voy a mirarlo.

La saluda con una mueca entre cómplice y amistosa cuando la ve entrar. Sigue, con ojos disimulados, el pavoneo hipnótico que traslada su voluptuosa figura de catorce años. Una calza roja enseña, llamativa, los bordes marcados de una tanga que sobresale apenas, como mordiendo sus caderas. No puede creer que ande vestida así, y tranca un momento la mandíbula. Está seguro que ella sabe lo que le genera a sus compañeros y a los demás profesores, que, muchas veces, alelados, dejan pasar faltas de ortografía y errores en general en exámenes y escritos, con tal de no perder su, en apariencia, inocente simpatía. Trata de distraerse y mira hacia otro lado, ya que se descubre agitado, tenso. Entonces da unas vueltas por la sala de reuniones del liceo a la que han decorado para que aloje la fiesta de fin de curso. Conversa con algunos colegas, se sirve un vaso de cerveza y no puede evitar buscarla otra vez; ahora está con las amigas, por empezar a bailar una cumbia que va llenando el espacio con olor a fiesta. Sale a fumar. Mientras deja salir el humo por la nariz, recoge y ordena en su cabeza diversos momentos a través del año en los que ella, (según él al menos) lo provocaba con miradas que luego traducía en cuchicheos con sus amigas, que él aseguraba, lo tenían por protagonista. Dos horas pasan. Un hedor joven y despreocupado emana plácido de los alumnos mientras bailan, charlan, se ríen. Él está conversando con el profesor de historia, hablan más que nada sobre lo que tienen pensado hacer cada uno durante las vacaciones de verano, antes de tener que volver en Febrero a corregir exámenes, resueltos al inminente comienzo de otro año liceal. Es que ya llevan ejerciendo unos años, y se están cansando, ambos coinciden en que ya es tarde para retomar aquello que alguna vez anhelaron hacer de jóvenes, y rezongan, mediante eufemismos y bromas, el haber elegido la estabilidad laboral y el respeto académico, solo para ver fallar y desertar a la mayoría de sus alumnos. Su colega le dice que va al baño, que no tarda en volver. En eso, ella se acerca y luego de saludarlo, le pide, bajando la voz, un cigarro. Que no diga nada le dice con picardía, que sabe que él no es como los otros profesores y entiende. Entonces salen a fumar a escondidas. Intercambian palabras amenas que versan sobre anécdotas que compartieron durante el año. Se ríen de los profesores más viejos y de sus anticuadas formas de llevar adelante las clases. Ella le cuenta de sus planes para el futuro, y él escucha fingiendo atención mientras le mira las tetas de reojo, redondas y ajustadas bajo una blusa floreada, y le da consejos que son más bien los que daría un amigo adolescente y no un profesor de matemáticas de casi cuarenta años. Han terminado de fumar y siguen conversando, distendidos. Él disfruta el tibio placer de saberse popular, comprensivo, amistoso ante su alumna. Ella le dice que no sabe si quiere volver a la fiesta por ahora, que está un poco borracha (le admite que una de sus amigas llevó a escondidas una petaca de whisky) y quiere tomar aire. Él le ofrece dar un paseo en su auto. Bueno, dale, dice ella, y se suben. Mientras se deslizan por la avenida, la fragancia del perfume dulzón de su alumna junto al humo de un segundo cigarrillo que ella se sirvió casi sin pedir permiso, se le mete hermosa y agresiva en el pecho. Su pecho ahora parece absorber también, el momento, los segundos que transcurren mientras ambos pasean en calma y se ríen. Con la excusa de que la noche está linda, paran frente al arroyo, entre la fronda del parque que se sacude apenas por el aire nocturno y veraniego. El auto y ellos dos adentro parecen existir ahora como una porción aislada y ajena a su entorno, como si fueran el fragmento de un asteroide recién aterrizado del espacio. Él la mira y sabe lo que va a pasar, o mejor dicho, lo que va a hacer, quiera ella o no. En ese momento deja de ser el profesor-amigo-confidente y se vuelve bestia mecánica e imparable, agrietando el aire amistoso con un ejercicio repentino de lasciva agresividad.

El profesor de matemática y ex amateur de peso ligero, Andrés “el ñata chata” Ranoni, acomodado en un sillón cercano a la puerta, bajaba tragos apurados de cerveza, ansiando, al igual que El Virolo, de pierna nerviosa apoyado en la barra, el momento en el que el primer pedazo de chorizo adobado y ensopado en caldo de mondongo y verdura tocara su paladar.

— ¿Y, profe?, ¿qué me dice de este viejo que se hace desear? Ni que fuera una pendeja de esas que andan ahora todas sueltas con el calorcito, ¿no?  — le dijo El Virolo al profesor desde la barra, y agregó:

— El otro día vi una que me dejó loco, andan regaladas.

El profesor, al escuchar el comentario del Virolo, tragó saliva e hizo todo lo que pudo para suprimir imágenes que le volaban frenéticas adentro, en las que se podían escuchar gritos, golpes ansiosos y desparejos; y oler una amalgama hedionda y turbulenta de cigarrillo, whisky y perfume dulzón. También pataleos histéricos, un cachetazo cerrado estampándose en su cara, y un certero piñazo propinado por él para facilitar la faena. Suprimió hasta el momento, en el que después de violarla, comenzaría a cavilar, nervioso, la posibilidad de obligar en olvido al asunto, mediante un golpe sordo de un cascote en la cabeza y el consecuente sonido del cuerpo muerto de su alumna cayendo en el arroyo. Enseguida, empujó hacia atrás en su cabeza toda esa maraña violenta como quien arroja algo pesado a una piscina, un objeto denso que, aunque bajo miles de litros de agua, aún puede ser visto aplastado en el fondo. Entonces dijo:

—Es cosa de esperar un poquito nomás, ya va a estar eso. Yo solo espero no mamarme mientras el viejo se decide en servir, que después, y con este calor de mierda encima, se me parte la cabeza. Che, ¿no me convidás un pucho? Ahora cuando el viejo vuelva del fondo le pido un paquete.

El viejo Rogelio en la cocina esperaba los últimos minutos claves del manjar como con nostalgia anticipada, por saber que a la buseca que llevaba horas macerando, sus hambrientos parroquianos destrozarían como fieras haciéndola restos, eructos, cigarros y siesta. “Si será buena que se la bajan hasta en pleno verano, con el calor que hace”, pensó.

—If you llegas a tu home y ves a tu woman tratando de escapaour, debes golpearla con un stick— vociferó aleatorio y repentino Julito el limpiador desde el fondo del Alianza, y continuó—: Hurry up Rogelio, hurry up que tengo mucha hungry. Eh, muchachos, vieron que ando cada vez mejor con el inglés —dijo orgulloso e idiota.

—Sí, y andás bien para chupar grapa tempranito y  repartir estupideces también. Gil.

—Pero andá Virolo, vo de celoso nomás, porque no sos bilingüe como yo.

Julito trabajaba como limpiador en un hotel tres estrellas, generalmente le tocaba el turno de la madrugada, y los días que no iba directo a la casa a desayunar con su madre, con quien vivía, iba a parar al Alianza (a veces debía esperar afuera una hora o más, cuando el viejo Rogelio Rosi elegía abrir más tarde) y se pasaba media mañana hasta el almuerzo tomando grapa con limón o cerveza. Al principio, primeros sorbos de alcohol mediante, tan solo se limitaba a colgar los ojos en las paredes del lugar; planeaba la vista por las fotos allí colgadas, algunas de ellas estampaban algún personaje más o menos conocido abrazado del viejo Rosi, otras contenían capturas de reuniones acontecidas tal vez ya hace más de dos décadas: asados, cumpleaños, festejos vinculados a la victoria de algún partido político, etc. Cuando los primeros cosquilleos etílicos comenzaban a entibiarlo, y veía la gradual llegada de los asiduos y los no tanto, soltaba toda serie de comentarios y supuestas reflexiones que creía conveniente exponer, sostenidas en información fraudulenta y ridícula que obtenía al ver falsos documentales en algún canal sensacionalista en la televisión del lobby del hotel, mientras le hacía guardia al recepcionista de la noche que se tumbaba tras el mostrador a dormir unas horas. Recientemente estaba dejando salir a flote un nuevo aspecto de su personalidad: la misoginia pura y recia. Iban a hacer dos años que Julito no cogía. Y no asomaba su torpe presencia en los quilombos, porque una noche que festejaban el cumpleaños de un primo, tuvo la chance de voltearse a la más linda y no se le paró, a pesar de que por las dudas había tomado viagra. Debía conformarse entonces, con rápidas y nerviosas pajas aprovechando los momentos en los que la invasiva y entrometida mujer que era su madre salía a hacer algún mandado. Así que Julito les decía a los demás que andaba con la profesora de inglés con la que estaba yendo a aprender lo básico del idioma para ponerlo en práctica en su trabajo, debido a que el gerente le dijo una vez que si aprendía inglés, capaz que lo ponían de recepcionista. Julito bailaba cuando pasaba la mopa en los baños, bailaba solo, enchufado con los auriculares a una selección de ritmos tropicales. En ocasiones, los días que no iba al boliche enseguida del trabajo, al bajarse de la moto y pararla en la entrada de su casa, fijaba la vista idiota y cansada en una hamaca que chirriaba pendular en la placita de enfrente. En ese instante, y por unos segundos, comprendía que su vida era un cúmulo de recuerdos magros y monotonía agria e infinita, entonces, su cara reflejaba tal miseria y soledad incontrolable, que parecía ser capaz de contagiar a cualquiera que le convidara un vistazo, haciéndolo estallar en pedazos. Con inercia acostumbrada, dejaba ese trance cuando giraba la cabeza para encuadrar a su madre (que ya lo había escuchado llegar) que abría la puerta para dejar salir al gato. A sus espaldas la placita con su hamaca quedaba suspendida y paciente, como recordatorio visceral e inexorable. Una vez adentro, con los párpados pesados y la cabeza lenta y quebradiza por la falta de sueño, se ponía a tomar mate con su obesa, vieja y sobreprotectora madre, quien lo esperaba con la tele prendida, y con la mesa llena de hojaldre, azúcar y grasa. Luego de una o dos horas ejerciendo ese ritual, se acostaba boca arriba en la cama y dejaba que la blancura del techo se lo llevara unas horas.

La mole flotante y tóxica había eliminado por completo al Japón, se había nutrido de su geografía, infraestructura y población para crecer, y ahora pretendía hacer lo mismo con toda porción de tierra que fuera encontrando a lo largo del planeta, de manera macabra, casi calculadora. Ahora, nocivo y belicoso, luego de borrar a Japón para siempre, el tsunami cósmico había adquirido, temporal, la forma concreta y definida de un taladro, y no se limitaba tan solo a expresarse como figura o contorno, sino que también era capaz de cumplir las funciones de la herramienta, penetrando con mecánica agresividad en Corea del Sur y Corea del Norte. Los trozos de ambos países, a medida que se elevaban como polvillo gigante, eran absorbidos por el taladro junto a miembros humanos y animales reventados y fragmentos de edificios, así, todo lo que destrozaba lo consumía en el acto.

Sobre China se detuvo, congelado en el aire unos minutos, y desapareció. En algunas ciudades ya se estaba al tanto de la existencia del fenómeno, y varios meteorólogos se habían suicidado al sentirse ineptos por no haber distinguido en ningún momento siquiera un indicio o circunstancia anómala en los climas del mundo que anticipara semejante monstruo.

No ha sido posible decir con exactitud lo que sucedía dentro de la mole, pero se han hecho conjeturas (porque algo tenía que hacer con todo lo que engullía ese monstruo, se estaba comiendo al mundo, literalmente). Algunos, que abusaban de la imaginación, el ocio y la paranoia, sostenían que allí dentro todo lo absorbido era matemáticamente distribuido y manipulado, de modo que conformara micro ciudades concentradas que serían transportadas al planeta del cual provenía eso a lo que ya se le podía catalogar como ser pensante y bestial extraterrestre, una vez que terminara de masticar toda la tierra del planeta. Sostenían esa teoría en el supuesto de que en su planeta sus habitantes habían destrozado sus urbes e intoxicado sus espacios naturales luego de atravesar una serie de guerras mundiales que habían durado décadas, por tanto, además de las micro ciudades, de seguro también se estaría gestando con los retazos mutilados de seres vivos, una suerte de banco biológico que usarían para generar vida nueva los pocos habitantes que habían sobrevivido a las guerras; así nacería en ese planeta una nueva raza híbrida de carne humana y animal terrestre con materia alienígena. Otros, afirmaban que aquello era el comienzo de la vuelta del universo a su estado original de nada pura, el inicio del caos rebobinándose; aunque todavía no podían explicar su proceder inteligente, torturador, vivo, actuante, intencionado.

Súbito, el taladro reapareció en el cielo de China, y en segundos se transformó en dos puños gigantes y comenzó a trompear asesino, destrozando al enorme país con todo lo que tenía. Luego, se vio la aparición de una boca gigante, y uno de los puños se extendió en mano abierta y empezó a arrojar todos los pedazos del país hacia la boca, como si fueran maní que la boca trataba de atrapar. Y así fue comiéndoselo entero, sin piedad. De un tiquiñazo hizo polvo el Sudeste Asiático.

La mole crecía y dejaba otro pedazo de océano sin tierra. Ahora se dirigía a Australia, Nueva Zelanda y demás islas y países de Oceanía.

En El Alianza todavía seguía haciéndose esperar el mondongo, desprendiendo con mayor intensidad su fibroso aroma en el ambiente. Julito tenía ganas de seguir hablando, ignorando el hecho de que ni el profesor ni El Virolo querían escucharlo; el hambre brutal los nutría de fatiga y debilidad y de una frágil tolerancia a su borracho palabrerío.

—Ya va a estar la comida, muchachos, no se pongan así. Escuchen, pa que vean que no solo ando bien para el inglés, pa que vean eh. Ustedes no dan un peso por el bueno de Julito, bueno, van a ver, escuchen, pa que vean que no solo ando bien con el inglés, les voy a recitar un poemita que habla bien de lo que son las mujeres, escuchen:

“De modo diverso la divinidad hizo el talante de la mujer
desde un comienzo. A la una la sacó de la híspida cerda:
en su casa está todo mugriento por el fango,
en desorden y rodando por los suelos.

Y ella sin lavarse y con vestidos sucios,
revolcándose en estiércol se hincha de grasa.

A otra la hizo Dios de la perversa zorra,
una mujer que lo sabe todo. No se le escapa
inadvertido nada de lo malo ni de lo bueno.
De las mismas cosas muchas veces dice que una es mala,
y otras que es buena. Tiene un humor diverso en cada caso.

Otra, de la perra salió; gruñona e impulsiva,
que pretende oírlo todo, sabérselo todo,
y va por todas partes fisgando y vagando
y ladra de continuo, aun sin ver nadie.
No la puede contener su marido, por más que la amenace,
ni aunque, irritado, le parte los dientes a pedradas,
ni tampoco hablándole con ternura,
ni siquiera cuando está sentada con extraños;
sino que mantiene sin pausa su irrestañable ladrar…

Otra es de la comadreja, un linaje triste y ruin.
Pues esta no posee nada hermoso ni atractivo,
nada que cause placer o amor despierte.
Está que desvaría por la unión de Afrodita,
pero al hombre que la posee le da náuseas.
Con sus hurtos causa muchos daños a sus vecinos,
y a menudo devora ofrendas destinadas al culto.

La que parece, en efecto, que es la más sensata,
ésa resulta ser la que más ofende a su marido,
y mientras anda él de pasmarote, sus vecinos
se ríen a su costa, viendo cuánto se equivoca.”

Una vez hubo terminado de recitar con sorprendente ritmo y precisión, Julito bajó un buche de grapa y dijo:

—Eso es un poema de un poeta Griego, Semónides de Amorgos se llamaba. Me lo sé todito, pero elegí las partes más, esteem, ilustrativas. Ando volando ¿eh? Son todas una mierda, solo sirven para coger, y ta ¿No? ¿Qué dicen muchachos? Vamo arriba.

Tropieza con un juguete de la niña, ahoga una puteada. Su dedo presiona, una y otra vez la llave, pero la luz no enciende. El olor, el olor le molesta, le pica la nariz. Camina por el pasillo de entrada. De afuera se escupe, atorada, la luz de la calle, que le indica dónde están los muebles y paredes, cuya distribución conoce de memoria, pero en esta ocasión, la luz de afuera ayuda, porque está muy borracho y lo único que quiere es acostarse. Una sensación mezcla de vértigo y ansiedad de golpe le atora el pecho. Se siente abombado, y no por la borrachera, es otra cosa. El olor, otra vez el olor, ahora más fuerte. El pasillo que termina en el living se le vuelve larguísimo, angosto y torcido. Parece que recién ahora recuerda haber estado fuera de casa por varios días, dedicándose al despliegue enfermizo de abuso y noche. Entre nubes oscuras zumbándole adentro, se recuerda leyendo en el diario, días atrás, la noticia de que andaba suelto un veterano ex torturador, al que lo tenían por psicópata vicioso, y que se escapó cuando lo trasladaban a un nuevo centro de reclusión. El tufo es ahora agrio y se ha metido en su pecho. Ve a los dos cuerpos femeninos, el más pequeño, con la cabeza deformada contra el piso, como un puré hecho a medias. El otro, el más grande, el materno, con el estómago tajeado, aunque más bien como rajado a mano y puñal, y las vísceras aflorando, cual serpentinas violetas y espesas, todo enredado y denso, pudriéndose.

—Qué dice Virolo. Qué cara de culo eh. ¿Dejaste las pastillas esas, los antidepresivos? Capaz que ya era hora, ¿no? Lo de la gurisa y tu mujer fue hace más de un año. Hay que seguir adelante, como yo, viste. Además, al enfermo ese, el torturador, ya lo agarraron y se mató en la cárcel, ¿no? Ya fue.

Ni bien Julito terminó la frase, El Virolo trancó un gesto rabioso y apretó una trompada que parecía de hierro, y se abalanzó a punto de explotar como una bomba de clavos sobre el cuerpo de Julito. Justo en ese instante, se escuchó la voz de Rogelio que decía: “Está pronto muchachos, cuando quieran”.

La manera en la que la mole destruyó a Australia por completo fue monstruosa. Valiéndose de toda la cantidad de químicos tóxicos y mortales que venía juntando desde Japón, escupió sobre la isla gigante una catarata de lluvia ácida que, luego de matar toda cosa viva, comenzó a derretir la misma tierra, volviéndola un líquido viscoso que flotaba en el océano como aceite. Lo mismo con Nueva Zelanda y demás países del continente. Enseguida, el tsunami cósmico tomó la forma de un caño y funcionando como aspiradora chupó con ansiosa velocidad, como una garganta gigante y sedienta, todo lo viscoso que minutos antes eran naciones enteras, gente, ciudades, playas, bosques, desiertos, animales. Luego bajó hasta la Antártida, transformado en una lengua gigantesca que en minutos lamió esa vastedad de hielo hasta engullirla por completo. Siguió, dio la vuelta e hizo lo mismo con el Polo Norte. Luego de hacer de Rusia una bola gigante que devoró como a una pelota de mozzarella, probó zambullirse en el océano y destrozar a Europa, África y lo que restaba de Asia desde abajo, como una mega bomba nuclear submarina e insaciable. Le llevó un buen rato, porque hasta para esa monstruosidad extraterrestre aquello no era tarea fácil.

Se dirigiría luego, con tranquila pero severa trayectoria, hacia América del Norte y Centroamérica, y las consumiría casi riéndose de todos los misiles que los yanquis le arrojaban, desesperados y congelados por una inacción aterradora.

Ahora, lo único de tierra que quedaba en el planeta era América del Sur, que, como gran isla mundial y viva, todavía respiraba. Y el Alianza actuaba como epicentro continental, funcionando como vientre en el que se gestaría la única y certera respuesta al avance troglodita del tsunami.

En el boliche, el viejo Rogelio Rosi luego dar su esperado anuncio, solo pudo agarrar el cucharón y hundirlo en el guiso, no pudo empezar a servir, porque un hombre entró gritando perjudicando el ambiente con nerviosismo y desesperación. Les decía tembloroso que era el fin del mundo, que una cosa rarísima, flotante y enorme había hecho pedazos a un montón de países con “una rapidez imponente”, que cómo podía ser que ellos no estuvieran al tanto (quizá ahí el viejo Rosi pensara un inevitable “con razón no había más nadie esperando el guiso”, y se dijera que debía dejar de escuchar solamente la radio de clásicos de tango y poner el informativo de vez en cuando) de que todo se estaba haciendo mierda, y que cómo iban a hacer, que se dieran por muertos nomás, sí, que a eso no lo paraba nadie. Lloraba ronco y se dejó caer en el piso para revolcarse gimiendo como un chancho al que le han metido un balazo en el estómago. Con su llanto trajo los ruidosos lamentos de la masa desaforada y contagiosa que era la gente de afuera. Parecían avispas a las cuales les hubieran destrozado el avispero, agarrándolas desprevenidas, no sabiendo cómo responder al ataque, hasta que, poseídas por un solo y gigante impulso compartido, comenzaran a zumbar errantes y desaforadas. Y aquel hombre aparentaba ser un avispón gordo y moribundo que fuera a inyectar su última y fatal dosis de veneno en el Alianza, hasta morir de puro miedo. Entonces, a los cuatro ajenos al suceso se les puso en la cara el tumulto horroroso de carne y grito de afuera, y pudieron ver entre esa maraña humana, al televisor grande de la peluquería de enfrente escupiendo, salpicadas por estática creciente, las entreveradas imágenes de las consecuencias del tsunami cósmico en el resto del mundo.

Aquel boliche había funcionado como una esfera hermética suspendida en el espacio, apenas agarrada del mundo por filamentos (o canales) que eran los recuerdos y vivencias de sus habitantes que nunca supieron de aquella hecatombe que se les estaba por meter como otro parroquiano hambriento, aunque ajeno, desconocido, externo. Habitantes miserables, hinchados de soledad y patética amargura. Cada uno de ellos pudriéndose a su manera, a su ritmo. Y el viejo Rogelio Rosi con su boliche que era como una versión edificada de él mismo, dispuesta a alojar y servir y a escuchar, aunque solo por costumbre, jamás por genuino interés. El viejo expresaba su esencia en cada parte, accesorio o mueble del lugar, como una mesa, el mostrador, o el cuadro con un retrato de Julio Sosa, y su función era magra y mecánica; existía hace años practicando una presencia autómata, rutinaria, diluida y apagada. Los otros tres, enlazados con fuerza por sus propios filamentos interiores hacia el fondo visceral de su mundo íntimo y oculto, eran incapaces aún de empezar a horrorizarse y confundirse. El resto, los de afuera, poseídos por el miedo y la incertidumbre frente a la monstruosidad cósmica que se avecinaba fatal, solo entendía que todo moría y desaparecía a su paso, porque a ciencia cierta nadie sabía muy bien qué estaba pasando, o qué era esa cosa maléfica, devastadora e inteligente.

El Viejo Rogelio Rosi no pudo procesar lo que estaba pasando. El evento con su bullicio lo contagió de un estado de extrañeza insuperable que lo vació de golpe y desde adentro; entonces caminó con los ojos tiesos, perdidos, muertos, sacó el revólver de atrás del mostrador y se voló la cabeza. Era la primera vez que usaba el revólver que muchas veces utilizó como protagonista de falsas historias que siempre lo dejaban a él bien parado. Los otros tres se miraron tensos, formaban un triángulo perfecto. Afuera, un niño de doce años que parecía no verse afectado por el caos, sentado en el muro de su casa, con la familia atrás resquebrajándose en cámara lenta y atravesada por un frenesí psicótico, vio en el horizonte a la mancha aproximándose, aunque a gran altura y hecha bola y comprimida, pronta para desplegarse en alguna nueva forma y comenzar a fagocitar el pedazo de tierra a la deriva que aún sobrevivía. El niño clavó la vista en el Alianza, como si algo allí absorbiera su atención. Sucedía que en el medio de ese triángulo perfecto delineado por el profesor, El Virolo y Julito, una oscura mancha flotante con destellos azulados surgió súbita y los atrajo a los tres imantándolos, apretujándolos, mimetizándolos; amalgamando sus cuerpos a la vez que los despojaba de su existencia individual. El aire del boliche se enturbiaba y espesaba, y hubo un silencio en el que realmente todo sonido dejó de existir unos segundos mientras esa comunión de carne, entraña y presencia construía un cuerpo orgánico inmenso y nuevo. Cuando el sonido volvió, el niño pudo ver desde su posición cómo el Alianza reventaba en pedazos, mientras una bestia se asomaba de los escombros del boliche. Una bestia, o entidad carnosa y viva adornada con aleatorias partes de los otrora parroquianos y con un pecho convexo y amplio, que alojaba en su centro un hueco oscuro turbio, profundo, insondable, quizá infinito; una especie de puerta o canal que conducía vaya uno a saber a qué lugar o tiempo.  La bestia se paró brusca y con porte rígido y expectante, esperando la llegada del tsunami cósmico, al que veía allá arriba, duro, apretado y ansioso. Tsunami y bestia se medían, o al menos así resultaba ante los ojos del niño que terminaba por meterse en un estado de catatonia que lo retiraría de todo para siempre.

Entonces el tsunami cósmico comenzó a moverse incómodo, no atinaba a enviar aún ataque alguno, parecía sentirse intimidado por la presencia de esa bestia, más que nada por ese hueco negro que flotaba en su amplio pecho. Parecía prever que su intención de ataque y destrucción se veía amenazada por aquella monstruosidad repentina y extraña que no dejaba de mirarla flotar apretada en el cielo. La mole infernal y asesina se dividió en dos partes: una adquirió inmediata la forma previa de bola comprimida; la otra se desplegó en una lluvia densa, tóxica y copiosa manipulada con el fin de corroer toda materia terrestre. Pero a unos doscientos metros de tocar la primera elevación del continente, comenzó a ser violentamente absorbida por el agujero del pecho de la bestia, que mientras chupaba toda esa lluvia extraterrestre hasta exterminarla por completo, emitía un poderoso graznido y se agitaba, oscilando su tamaño y haciendo temblar el suelo. La gente miraba, ahora contenida por el silencio frío que les obligaba el asombro, tal vez algún murmullo flotara quieto. La otra parte del tsunami comenzó a irradiar calor y a girar agrandándose, como un poderoso núcleo vivo y mecánico, y se lanzó como flecha hacia la bestia que la absorbió severa, metiéndola de lleno en su agujero. En esa conjunción de fuerzas opuestas, de poderes universales ajenos a cualquier época, el aire se sacudió tembloroso y otra vez hubo silencio total y un cegador destello. Lo que se vio a continuación fue un cielo cristalizado y límpido que imitaba un lienzo sobre el cual se dibujaba un resplandor que se fue menguando hacia el horizonte, ofreciendo diversos tonos azulados, luego escurrió su existencia entre las capas de la atmósfera llevándose consigo todo rastro de la bestia y el tsunami cósmico hasta desaparecer.

Solo quedaba América del Sur rodeada por agua, y en las décadas siguientes se iría erosionando de a poco hasta dejar un solo océano en el mundo. Durante esas décadas los sobrevivientes vivirían cada vez más cerca de lo que el hombre era antes, en retroceso (o avance) hacia lo puro, lo sencillo, lo primigenio. Y al final, todo aparentaría ser una especie de sueño lisérgico de algún dios de otro universo, devorado por un negro irreversible.

[1] En gastronomía, serie de tareas que comprenden la preparación y orden previo de ingredientes y elementos que permitirán la elaboración de uno o varios platillos durante el servicio.

 

Pátina

Piriápolis en invierno puede definir el suicidio de un hombre. Un volantazo a destiempo un perro o una vaca una perimetral inundada un arroyo silencio humo gritos puteadas llantos y otro silencio; todo eso pueden ser los hilos que tejerán el último de sus recuerdos. Todo eso lo es en el caso de Pablo hoy, en la costa y con la heladería cerrada de fondo. Hay un perro y un niño; están solos, caminan juntos la rambla, cada uno en lo suyo. El niño no puede tener más de seis años. Pablo piensa que no está bien que dejen a un niño tan chico andar así, como un adulto, como un viejo deprimido en invierno acompañado de un perro cansado. Pero sucede, ahí van los dos, acostumbrados al paisaje, al entorno y al clima; evidentes locales vagando, cada uno en su estúpido vacío sin lenguaje. Y que no se entienda mal, la tarde está hermosa; la luz solar baja mansa, se escurre entre el salitre pegado a todas las cosas de la costa y se adhiere magnífica al aire. Viento sí, pero indeciso, pasea como culebra por el balneario. Es tan perfecta la tarde, que a la sombra el frío hiela y al sol el calor molesta. Ahora Pablo mira la playa: podría apostar su casa a que en diez años eso va a ser todo mar. Mar y duna y contagio urbano irreversible. Y otra vez la piedra, la cámara lenta de todo aquello que no estaría pensando si estuviese con tres whiskys arriba, con la panza llena de asado y con la sobrina en la falda, robándole la nariz y devolviéndosela enseguida, antes del llanto, en el cumpleaños del hermano; un cumpleaños de domingo, domingo de agosto, domingo de invierno, domingo uruguayo.

La soledad puede ser una piedra que cambia errática de peso, o una sustancia densa y fibrosa que trepa las paredes. Y nunca es una soledad, son dos, o tiene dos formas. Una enferma, intoxica, consume; la otra produce, enriquece, eleva. Y entre una y otra la separación es una tela frágil y transparente. La soledad de Pablo, ahora, entra y sale de sus dos formas.  No puede estar tan perfecto el clima, el invierno del mar es solo para los que lo soportan, no para los que van los fines de semana a sacarse fotos, no, ellos se llevan un pedazo maquillado del lugar y se lo muestran a sus amigos, a sus compañeros de trabajo, para que eventualmente se olviden o comenten que irán el fin de semana que viene, si no está feo. Pablo enciende un cigarro, le pone el perfil a la heladería cerrada y ve cómo el niño y el perro cruzan la calle; es una imagen muda que se llena de ruido cuando de un auto estacionado salen los padres que besan al niño y le rascan el lomo al perro. Entonces se activa el mecanismo. Comienza en Pablo la introducción al precipicio sin fondo. ¿Por qué no el cumpleaños del hermano? Ahora seguramente la torta, el café, niños jugando y un partido de fútbol, y después el resumen del noticiero. Pero no, él ahora solo en Piriápolis en agosto, patético y equivocado. Y no hay nada que se pueda hacer.

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El Hombre-cámara

Por Yugular Pacenza

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Al Hombre-cámara se lo ve aplastado en el amplio sillón, embotado por el ejercicio de interpretar las imágenes entreveradas y difusas que le pululan adentro, y por la compleja construcción de recursos, técnicas y procesos necesarios para darle forma a las películas que fabrica en su cabeza (como si fuera una licuadora que trabaja al revés, tratando de solidificar lo triturado, lo mezclado), y que nunca será capaz de traducir en un verdadero proyecto audiovisual, en una producción cinematográfica real.  Se lo ve (o puede estar siendo visto), porque mientras yace despatarrado, sin que él todavía lo sepa, un ojo metido en otra cámara lo incrusta en su sillón mediante un plano cenital que zigzaguea pendular, como colgando de una piola. Plano que es intercalado por breves y aceleradas tomas de él mismo talando a hachazos un sauce llorón, en un monte envuelto por una cúpula de cielo plúmbeo y socado que deja caer sus curvas anunciantes de lluvia. Se sugiere que aquello pertenece a su imaginación, o a algún recuerdo quizá, a través del uso del sepia. Desde ahí el Ojo-cámara se estaciona en un plano detalle de su cara arrugada que encumbra un gesto de desconcierto e incomodidad, comienza a sentirse observado. Sucede que—además de tener que lidiar con las películas de su cabeza— algunos acontecimientos reales de su vida así como también sus inventos, están siendo manipulados por ese Ojo-cámara. Esto comenzará a afectarlo con agresividad ascendente, casi como siendo víctima de la presencia ansiosa de un insecto en su oreja. Pero por ahora intenta distraerse, metiéndose, acostumbrado, en la respuesta que le daría a un periodista que le preguntara por su manera de hacer cine, en el marco de lo que él imagina podría ser la presentación de su obra maestra si alguna vez lloviera el día en el que pudiera hacer tangible sus proyectos, las secuencias de su mente. En esa situación, se ve a sí mismo rascándose la barba, ofreciendo un adusto gesto de reflexión ante la presencia inquisitiva y ansiosa del periodista. Luego de una pausa repleta de misterio, dice algo como esto: “Bueno, primero que nada, no soy bueno para esto de las respuestas. Mi proceso creativo, mi forma de percibir el cine, es algo que todavía estoy aprendiendo a entender. Podría hablarte, si te parece, de lo que a grandes rasgos pasa en mi cabeza cuando concibo una película. Primero, ya sea durmiendo o despierto, estallan, súbitas y desaforadas, marañas de intensas y complejas imágenes que a medida que las proceso, voy desenredando con esfuerzo agotador. Luego las voy situando en algo así como anaqueles imaginarios, para archivarlas de alguna forma, darles algo similar a un orden, una “pre-organización” si se quiere. Una vez hecho esto, comienza el trabajo, el ejercicio, la maniobra que implica el desarrollo de lo que luego va ir transformándose en un producto real, en la película en sí. Lo curioso es que yo no necesito escribir guion alguno, todo se va ordenando aquí dentro y lo voy exponiendo, para que los demás, los técnicos, los productores, actores, etc., vayan materializando el asunto ¿Que cómo es el tema con los actores? Sencillo. En general, para mí, los actores nunca tienen caras y constituyen una parte menor en la obra, funcionan como accesorios para hacer tangibles algunas secuencias; algo así como peones que traslado sobre el tablero de ajedrez que es la obra. Lo más importante es siempre la elaboración detallada de cada toma sustentada en una prodigiosa y delicada fotografía y en un ritmo casi matemático. No, no interesa tanto el trabajo del fotógrafo en este caso, porque yo ya le doy todo pulido, él solo tiene que filmarlo de acuerdo a mis exigencias. Me gusta hacer uso del monólogo interior, mucho, y también alternar tomas exteriores largas y lentas tejidas sobre fondos brumosos y bucólicos, con interiores minuciosamente diseñados. Los personajes suelen articular breves diálogos que refuerzo con, entre otros ejercicios técnicos, alguna variación en la luz, un paseo milimétrico entre tonos, como un cuadro impresionista en movimiento”. Ahí debe interrumpir su respuesta, porque lo llaman para una conferencia de prensa u otra entrevista para otro medio.

.Se para rascándose la nuca, ha dejado lo de la respuesta, lo de la presentación de su obra maestra. Otra vez la sensación de estar siendo vigilado. Camina, un travelling lo acompaña hasta pararlo sobre la ventana que da al exterior de su apartamento. Siguiente toma: la cámara amplía el espacio hasta mostrarlo de cuerpo entero y de perfil, y luego comienza a pasear atravesando lenta y horizontalmente el apartamento, dejando entrar delicados débiles pedazos de luz que dibujan el contorno de los objetos resaltando su figura. El plano se traslada hasta un extremo del lugar y se detiene un momento, luego retrocede para mostrar otra vez a los objetos, pero en esta ocasión moviéndose solos, cambiando de lugar y de color, como editándose animados dentro de una discontinuidad transcurrida adrede. El Ojo se posa nuevamente en la ventana y cambia apenas de eje para enseñarla de frente y desprovista de la presencia del Hombre-cámara. De ahí comienza el movimiento otra vez y atraviesa apenas la ventana para mostrar, sumergido en un tono herrumbroso, al exterior: un paisaje lánguido, semiurbano y nocturno, socado en bruma, apenas atravesado por tenues destellos que escupen los postes de luz que delinean una carretera sobre la cual patinan ocasionales vehículos. El Ojo corta.

Ahora en la cocina, al Hombre-cámara se lo ve fumando mediante dos planos detalle: el primero sobre una mano temblorosa que sostiene un encendedor que da lumbre al cigarrillo colocado en su boca. El segundo mostrando el humo apretado apenas quieto en sus labios desprendiéndose de su aliento. Un consecuente primer plano de su cara ofrece un gesto nervioso acariciado por el humo que asciende del cigarro que ahora cuelga entre dos dedos. Enseguida, dos planos detalle más: su boca con dientes apretados casi limándose, y en el segundo, sus ojos, entrecerrados, en frenético vaivén. Entonces, el ruido monótono y casi hipnótico del hacha machacando aquel sauce llorón surge violento y retumba dentro de él, desaforado, incontrolable. Lo identifica ajeno de inmediato. Comienza a sacudir  la cabeza y la golpea varias veces con fuerza con la palma de una mano.

 

Luego de atajarse un ansioso silencio, se ve, mediante un plano general, al sauce llorón golpeando un suelo que parece alfombra de hojas y ramas; el Ojo-cámara corta o pestañea. El ruido del hacha desaparece.

 

Una agresiva y desordenada exposición de recuerdos de casi toda su vida, mezclados con imágenes que no reconoce familiares se le ha metido inmediata, luego de los últimos ecos del hacha. Como si su mente misma fuera una pantalla sobre la cual se proyectan tomas de prueba, sin editar, y él no tiene ningún tipo de control sobre ello. Lo que golpea su cabeza ahora es un puño apretado y violento, como si toda esa maraña fuera un pedazo grande y amorfo de vidrio grueso que él pudiera destrozar desde afuera para luego expulsar a través de un vómito torrentoso, lleno de lascas que son fragmentos de imágenes muriendo.

 

 

Tiempo después, el Ojo-cámara intenta terminar de darle forma a una película  sobre el Hombre-cámara, viene filmándolo hace años y ha tenido acceso a todos sus recuerdos, ideas y pensamientos, y quiere con eso construir una historia, quiere proyectar algo que conmueva. Quiere tal vez mostrar a ese hombre como un vaso de vidrio repleto de un líquido espeso y cambiante, destripar frente al mundo su misma esencia, y quiere, por supuesto, ganar premios y elogios por su película. Dentro del cuarto de montaje, especula si agregar o no ciertas escenas que ahondarían en la psicología de su protagonista. Sirviéndose de precisos flash-backs, lo presentaría como hacedor frustrado de cuentos y novelas breves que finalmente ocultaría para siempre, o tal vez destruiría. La causa de esto se plantearía tal vez con la intervención de un personaje secundario, quien, con arrogancia hiriente, resaltaría la carencia de resolución de los conflictos atravesados por los personajes de su narrativa, además de una torpe incapacidad de cerrar una historia en un modo convencional y coherente. Enseguida, mostraría una o dos relaciones conflictivas, algunos vicios, y una serie de dilemas morales que decantarían en el momento justo en que el hombre comenzaría a mezclar películas de su cabeza con las obras de sus autores favoritos y los fragmentos de su realidad cotidiana; la transformación: el surgimiento del Hombre-cámara. Desde ahí seguiría empujando a su protagonista a través de la historia hasta llegar a su presente, o casi.

El Ojo-cámara frota su córnea, está cansado, finas hebras de sangre entreveradas  envuelven su esférica presencia. Ha recurrido a toda serie de material sobre el Hombre-cámara que ahora se dedica a editar según su bosquejo de guion. Se vale de elementos ficcionales también, que fusiona con todo lo que el Hombre-cámara es y ha sido. Chupa, absorbe su existencia entera y la reubica y escupe a su antojo; vivencias, obsesiones, olores, miedos, todo. Logra moldear así, la presencia misma del hombre, como un holograma manipulado. Finalmente, luego de mucho trabajo, concluye con la obra, el producto final: una versión de la vida del Hombre-cámara protagonizada por él mismo, aunque sin su voluntad o conocimiento.

El Ojo-cámara logra que proyecten su película en varios festivales de renombre, arrastrando siempre la interrogante del público y la crítica sobre la existencia del protagonista, siendo que nunca está presente en ninguna exhibición.

 

Luego de meses de encierro en los que atraviesa enfermos pasajes de deterioro nervioso y diversos infiernos de paranoia y miedo, el Hombre-cámara termina por sumergirse en un estado catatónico que anula casi por completo su sobrecarga obsesiva de imágenes y proyectos, y nota cómo se ha ido diluyendo, desgranando, su memoria, haciendo de sus recuerdos manchas difusas. La mente parece un cielo negro con escasos relámpagos peinando el horizonte. Y antes de que la negrura se vuelva absoluta, dejándolo en un limbo estúpido que lo mantendrá vivo pero muerto, tendrá un sueño: en un desierto, él peleará a muerte contra el Ojo-cámara, o la construcción que tiene de esa presencia que le drenó el cerebro. La pelea será un espectáculo, incluirá balazos, cuchillazos, y por último trompadas; un despliegue fenomenal de violencia, un ejercicio agresivo de venganza. Y habrá sangre, o al menos algún líquido derramado que represente deterioro y desgaste. Será una lucha épica, que puesta delante de alguien con los elementos, experiencia y conocimientos necesarios, puede llegar a transformarse en la mejor escena de acción jamás filmada.

 

 

 

La visita del enano: toma dos

Por Yugular Pacenza

El enano con estrabismo me visitó en un sueño. Engominado, ojeroso y con un pucho en la mano, retraído y recostado sobre un muro de ladrillos a la vista. De fondo y arriba, un cielo cenizo arañado por manchas rojas irregulares, y más allá una pequeña bola amarilla declinando entre la bruma. Su pose era pesada, derruida (lo conozco; estaba triste, desahuciado). Le costaba mirarme a los ojos, como si fuera un matón que debe asesinar por encargo a alguien que aprecia. Cada vez que abría la boca a punto de hablar, se arrepentía y pitaba fuerte del cigarro y se rascaba la nuca cerrando los ojos. “Largá, enano, ¿qué pasa?”Ahí sí me miró, como si yo fuera un perro flaco y mojado, o un bebé enfermo y prematuro. Entonces se instaló repentino un zumbido sordo que sacudía el ambiente, que lo deformaba como si fuera de arcilla mojada. Al segundo lo que nos rodeaba era una esfera negra. Me dijo: “Lo lamento, amigo, lo lamento. Se les ha terminado el turno a ustedes”.  No sabía qué preguntarle. Él captó mi extrañeza. Entonces, rígido y frío, sentenció:

“Hoy, las causas y su proclama, son para ustedes lo mismo que la ingesta ansiosa de comida chatarra, el abuso de alcohol, la adicción a la pornografía o la cocaína, la sobre exposición en Instagram o el shot de endorfinas que genera un like en Facebook: formas de tapar el vacío para esquivar la depresión, o con suerte, el suicidio al que los obliga su época. Por favor, dejen de existir, que algo los borre como a los dinosaurios; son una especie tóxica, soberbia y nula. El instinto de supervivencia debería ser aplastado por la comprensión de su desgracia”.

No me esperaba un discurso así de mi enano adorado. Él siempre es benigno en sus palabras, aunque existen excepciones. Pero algo como esto no tiene precedentes.

En fin, como era inevitable, me desperté y enseguida expuse algunas ideas unilaterales y agresivas, las publiqué; bajé una hamburguesa con tres vasos de vodka; me hice tres pajas mirando la violación a una adolescente borracha con tetas enormes de silicona; me encajé dos víboras blancas; subí fotos de la hamburguesa y del vodka con mi enorme piscina de fondo a Instagram; me puse a esperar las aprobaciones en Facebook. Recordé al enano diluyéndose en el sueño, y casi, casi casi, me pego un tiro.

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La noche entre dos mundos (primer capítulo)

1. El pueblo, Rossetti y el viejo

Anochecía. Terminaba por difuminarse un cielo amplio con retazos de nubes dispersas y rojizas, castigadas por el último golpe de sol. La negrura nocturna comenzaba a esparcirse de a poco, y cada vez con mayor intensidad y espesura, como la sangre que brota cuando se apuñala un vientre. Entonces los racimos de estrellas se expandían multiplicados en el firmamento e irradiaban su moribunda y lejana luz. El aire helado descendía, y la luna ya era un ojo blanco que proyectaba su pureza en el río de torrente turbio engordado por el reciente y prolongado violento vómito de lluvia, vómito que ahora era vaho húmedo y frío devolviéndose al cielo. El viento en lascas invisibles se desprendía del río. El invierno largo recién empezaba.

Anochecía. Arando con su doble tracción el camino todavía mojado, la camioneta avanzaba entre el grillar manso y el croar hipnótico. Luego de un pasaje angosto y algo tupido por la fronda, trepaba por un repecho de pedregullo que al hacerse meseta, poco a poco se fundía en asfalto de ruta. Desde la cabina se podía ver al pueblo escurrido entre aislados manchones lumínicos provenientes de las casas y comercios, texturizándose paulatino entre la luz lunar y el serpenteo grosero e irregular del río que extendía múltiples brazos. Y al estar siendo visto en movimiento y entre una cantidad abusiva de humo de cigarrillo, aparentaba un espejismo.

En su casa, el viejo esperaba, metiendo la vista en la estufa y con un vaso de vino que bebía autómata. Como sucede cuando uno fija los ojos en el fuego, el olfato en la leña quemándose en brasa y el oído en el crepitar abrupto y desordenado de la madera, el viejo no pensaba en nada. Pero también sucede que cuando parece que no se piensa en nada, en realidad es porque está existiendo un solo pensamiento, tan enorme y complejo (y en este caso, horrible y excepcional), que no permite la entrada de recuerdo o impresión alguna que lo interrumpa, y su intensidad es tal, que lo deja a uno como tarado, como desparramado inerte en un lienzo blanco. Así que el viejo tenía la cabeza acaparada por lo que había aparecido a media tarde en el fondo de su casa. Y eso, todavía estaba ahí, hinchándose deforme, y despediría de manera creciente, junto a su aroma, una gama variadísima de rumores, comentarios, opiniones, miedos, mentiras, y todo lo que pueda entrar en la inquietante perturbación de lo horrendo, lo desconocido, lo anormal.

 

La camioneta se orilla y se detiene antes de tomar una curva. Permanece inmóvil, con el motor ronroneando y escupe del caño escape un humo oscuro. Junto con lo que respira y fuma adentro son una sola cosa: un pedazo complejo de materia impaciente encerrado en su nocturnidad. La cabeza se levanta tironeada hacia atrás por su cuello, los ojos amplios, la mandíbula tiesa, otro cigarro y un largo buche de grapa. Por un segundo el silencio gobierna absolutamente todo y no se mueve ni una partícula. Pisa el acelerador. Mete sigiloso los cambios y el conjunto de motor, chapa y engranaje que envuelve a esa cosa viva, articulada y de latente ansiedad que maneja, toma la curva hacia la derecha y continúa. Se dirige hacia la casa del viejo. Lo que maneja, si bien ha sido informado sobre cómo llegar a lo del viejo, bien podría cerrar los ojos y llegar perfecto: su olfato lo arrastra guiándolo entre la primera tanda de bruma de la temprana noche. Es un perro estratega que se ha entrenado a sí mismo para lo peor. Un perro que dosifica su rabia y navega atemporal entre la maldad enferma y rancia de todas las épocas. Cree saber lo que le espera, y si bien todavía no vio aquello que sí ya ha visto el viejo, lo procesa de antemano, o intenta. El camino que sucede a la curva se despliega frente al parabrisas (y frente a la vista dura de lo que maneja) como una alfombra. A cada lado van apareciendo algunas casas protegidas por amplios patios delanteros, la mayoría repletos de maleza fornida, leña dispersa y enchumbada, y algún auto baqueteado cuyo arranque depende del azar mecánico y de la paciencia de su dueño. La negrura nocturna sigue bajando como persiana hermética, y obliga a la gente a guarecerse de las sombras frías del exterior. Las luces de las casas se prolongan pobres, patinadas, y rumores animales peinan al viento que asciende del río. Destaca el conjunto de luces, murmullos y música de un boliche. Lo que maneja tuerce el cuello e indaga el entorno del lugar (al cual un olor agrio protege como capa viscosa e invisible): hombres, y mujeres muy jóvenes (algunas parecen niñas disfrazadas de mujer) fuman autistas. Bien pueden fumar y hacer casi que lo que quieran dentro del boliche, pero salen y allí se quedan solo para dejarse cachetear por el frío y anestesiar un momento sus miserias, luego vuelven. Como si adentro le funcionara una cámara de admirable precisión, lo que maneja, continúa con su paneo de ese lugar dentro del cual conversan, toman y suspiran algunas fieras que no le harían temblar el pulso jamás si lo arrinconaran; aunque, si bien sagaz y creativo, ese perro inteligente que maneja, no puede aún imaginar el horror sordo y sobrenatural de lo que pasa a veces allí dentro. Por ahora ya ha visto suficiente. Pone otra vez la vista en el camino que lo lleva a ver al viejo que horas antes, luego de encontrar lo que encontró en el fondo de su terreno, llamó a la seccional del pueblo. De la seccional llegaron dos oficiales que al ver aquel horrendo y desperdigado pedazo de infierno que hacía temblar al viejo, comunicaron al comisario, y este no pudo hacer más que llamar al perro inteligente, quien era famoso entre los combatientes del ejercicio criminal.

 

A diferencia de la mayoría de las casas que vio a medida que se adentraba en el pueblo, la del viejo no tenía casi patio delantero. Cual punta de iceberg acostado, la casa disimulaba el enorme pedazo oscuro y escondido en el que existía lo importante, lo denso, lo turbio. Detuvo la camioneta y se bajó. Al sentir el motor, el viejo se adelantó a abrir la puerta.

— ¿Usté es Ramírez? —le dijo al viejo, aunque solo por gruñir algo así como un saludo, porque ya había visto su foto en la ficha escaneada que le había enviado la seccional del pueblo.

— Sí. Detective… Rossetti ¿no? Pase.

La cámara que el detective parecía tener adentro se activó de vuelta, esta vez adecuándose al interior de ese rancho repleto de porquerías. Planeaba entre los detalles de los muebles, las paredes, los adornos acumulados como barroca representación de la dejadez y la mugre, y se detenía en primeros planos del rostro arrugado y cansado de aquel hombre que intentaba esconder el miedo. Todo lo que encuadraba lo guardaba en la memoria, y allí lo dejaba, prolijo, impoluto, dispuesto a ser utilizado si llegado el caso ameritaba. El viejo le ofreció asiento y sirvió un vaso de vino que le puso en un taburete de tres patas al lado de la silla. Rossetti le entregó un ademán que agradecía el gesto y antes de sentarse le pidió que le indicara dónde quedaba el baño.

Mientras tragaba saliva enseguida de pinzar su nariz con los dedos, fotografiaba cada rincón de ese espacio frío y húmedo, y lo situaba en un lugar en su mente donde guardaba un tendal de fotos de los muchos baños que conocía. Empujó la puerta y salió fumando. Fue a dar a la silla y de un solo trago dejó el vaso vacío y miró la botella. El viejo, sin decir palabra, se lo llenó de vuelta. Rossetti esta vez solo le dio un sorbo. Un silencio largo se endureció entre los dos, quedó flotando como un bloque de cemento que el viejo rompió al decir:

— ¿Y?, ¿qué le parece? Una barbaridad, ¿no? ¿Alguna vez vio algo parecido?

A lo que Rossetti, luego de soltar un hilo grueso de humo le respondió:

—Espere a que lo vea y le digo, ¿dónde está?

 

Yo soy la mesa, la gran y única mesa que hay en esta casa. Estoy descuidada, el viejo nunca me protegió de la humedad. Arriba tengo dos o tres riles de pesca, platos y vasos sucios, un montón desparejo de papeles arrugados y un machete corto con la vaina afilada. Hace años que estoy acá. Recuerdo cuando me armaron y me trajeron a esta casa junto con otros muebles y cosas. Entonces todo era distinto. El lugar estaba limpio, ordenado y siempre entraba mucha luz, y hasta estuvieron por barnizarme más de una vez. Había una mujer y dos niños; el menor de ellos tenía una enfermedad en el cerebro que lo hacía parecer tarado, bobo e inútil. En alguna que otra discusión entre el viejo (que entonces era joven) y la mujer, llegué a escuchar que se referían a él como retrasado, sobre todo el viejo usaba esa palabra y lo trataba distinto, nunca lo llevaba a pescar como sí hacía con el otro niño, el más grande, que era normal. Pero, a pesar de eso y de algunas ocasiones en las que el viejo llegaba tambaleándose y le pegaba dos o tres cachetazos a la mujer, parecía que las cosas iban bien, aunque de a poco fueron empeorando. Yo no llegué a escucharlo porque estoy en el comedor, pero el ropero, que está en el dormitorio, me contó que escuchó al viejo una vez decirle a la mujer que debería haber abortado a ese niño tarado cuando pudo, y la culpaba de que fuera mongólico (esa palabra usó). Yo no entendía qué era eso de abortar, hasta que lo pude ver de cerca cuando durante el tercer embarazo de la mujer, el viejo le pateó muy fuerte la panza y le dijo que no quería tener otro error gateando en la casa, o algo parecido. A partir de ese momento la mujer empezó a hablar cada vez menos y comía poco y nada. Se pasaba largo rato con los ojos como idos mirando el río por la ventana (me acuerdo del río porque cuando me trajeron a esta casa y me bajaron de un camión, lo pude ver brillando al sol -estaba un poco lejos pero parecía cerca- frente a la casa, pero lo que vi fue solamente un pedazo, he escuchado que es un río muy grande que pasa por varios pueblos y ciudades). Lloraba y de golpe se reía, y luego otra vez se quedaba mirando por la ventana. Por esa época el viejo trabajaba en el frigorífico (un lugar donde cortan, limpian y conservan animales muertos para que la gente después los pueda comer, tengo entendido) y se pasaba muchas horas afuera. A veces venía con amigos y se quedaban hasta tarde jugando a las cartas y emborrachándose. Al principio de cada mes entraba y tiraba unos billetes arrugados arriba mío y le decía a la mujer que fuera a hacer las compras y que cocinara, que sirviera para algo. Ella, si bien seguía con esas crisis raras, le hacía caso y salía de la mano con el niño retrasado y volvía más tarde con bolsas y paquetes y se metía en la cocina. Un día la mujer se negó en salir a hacer las compras y lo insultó al viejo. Pobre. Esta vez fue un piñazo lo que le cayó en la cara. Quedó unos segundos tirada en el piso, mientras el viejo se bajaba el pantalón hasta las rodillas, le levantaba el vestido y se le trepaba arriba y forcejeaba y la insultaba mientras ponía cara de placer y rabia a la vez. Eso duró unos pocos minutos. Luego le repitió que fuera a hacer los mandados mientras se subía los pantalones y le dijo:

—Lleváte al roñoso ese, y váyanse un rato por ahí que quiero estar solo.

El otro niño, el normal, no estaba, venía pasando mucho tiempo en la casa de un amigo, en donde cenaba con la familia y se quedaba muchas veces a dormir.

Así pasaron unos años: la mujer que empeoraba, el niño enfermo cada vez más descuidado, el viejo que se iba poniendo flaco, feo y violento, el niño normal que se lo veía poco y la casa cada vez más sucia, desordenada y oscura; y yo pudriéndome de a poco y desde adentro. Una tarde vino un médico conocido a examinar a la mujer (lo reconocí porque era uno de esos que venían a jugar a las cartas y a emborracharse a veces con el viejo). La miró de cerca y apoyó la mano en su frente,  le puso un aparato en el pecho que tenía un cable que iba a parar a dos cosos que él metía en sus orejas, sacó una libretita y anotó algo. Luego hizo lo mismo pero apoyando el aparato en algunas partes de la espalda mientras le pedía a la mujer que respirara hondo. Ella obedecía pero estaba como en otro mundo con la boca abierta y los ojos duros.

—Doctor, mírele la cara, ¿no ve que parece mongólica? —oí decir al viejo (que ya no era tan joven como antes).

—Sí, hay que llevarla al hospital y hacerle unos estudios.

—Bueno, ¿pero qué hago yo con el guacho, doctor?, tiene diez años y todavía no sabe comer solo. Trabajo todo el día yo, ¿me entiende? ¿Cómo hago?

—No te preocupes que le vamos a encontrar la vuelta —dijo el médico con un aire de convencimiento y seguridad, como si en su cabeza ya supiera la solución al problema del niño tarado.

Poco después, luego de no verla más a la mujer en la casa, supe que el viejo con ayuda del médico la había hecho internar en un manicomio (un lugar que junta gente enferma de la mente, separándola del resto). Más adelante me enteré que el hijo mayor, el normal, se había ido del pueblo, a estudiar o trabajar en no sé qué. Y del niño retrasado no supe mucho más que lo siguiente: una tarde vinieron dos hombres altos y pelados, casi idénticos, que yo nunca había visto, y se lo llevaron. El viejo parecía estar de acuerdo con eso, pero cuando se llevaron al retrasado, lo vi como con miedo, fumando nervioso y mirando al piso. De ahí en más solo permanecería el viejo en esta casa. Ya no trabajaba más en el frigorífico, y sus amigos dejaron de venir. Lo agresivo se le fue yendo, aunque parecía seguir latente en él, y se le empezó a ver el cansancio y la miseria en la cara, en la forma de caminar, en las horas que pasaba como tarado mirando la estufa. A veces yo lo escuchaba hablar con alguien en su cuarto, pero no había nadie más que él en la casa, así que eso nunca lo entendí.

 

El viejo se paró y le indicó a Rossetti el camino. Le dijo que no se molestara si sentía ruidos raros, que no había nadie más, que eran solamente las comadrejas. El rancho era más grande de lo que parecía de afuera, el techo alto. El living se transformaba en comedor ante a la presencia de una mesa larga llena de cosas, sobre la cual destacaba un machete robusto y afilado. Luego a cada lado dos puertas, dos dormitorios. Rossetti pudo ver en uno una cama cucheta sin colchones y una cómoda petisa y vieja; el otro cuarto tenía entreabierta la puerta y apenas mostraba el perfil de un ropero y una cama de dos plazas. Antes de llegar a la puerta del fondo, se atravesaba la cocina, amplia e igual de sucia y desprolija que el resto de la casa. A medida que se acercaban a la puerta, los distintos olores rancios y húmedos fusionados con el humo de la estufa que antes distraían el olfato del detective, iban bajando en intensidad, permitiendo la percepción del olor único, enfermizo y maldito que Rossetti ya conocía; salvo que en esta ocasión, el aroma único se repartía con pesadez peculiar en el aire, pesadez agria que Rossetti hallaba atípica, distinta, no necesariamente nueva, pero sí lejana, muy lejana y extraña. El viejo expedía fetidez miedosa, y ahora caminaba exageradamente lento, como si quisiera posponer lo inevitable, pero tenía que abrir la puerta. Y así lo hizo. Un pedazo de noche fría se metió en la casa. Los dos dieron con el fondo: un monte frondoso, tupido, silvestre, claramente entregado hace años a los caprichos de la naturaleza. Atravesaron un túnel de acacias hundiendo los pies en el barro. Salieron a un claro y lo vieron, abrazado por los engañosos  contornos oscuros de la fronda alta y torcida, que desnutrían el aterrizaje del resplandor lunar. Rossetti distinguiría muchos más detalles al otro día, bajo la sincera luz solar, detalles que lo impresionarían lo suficiente como para desequilibrarlo un buen rato; por ahora entendía que lo que tenía adelante era espantoso y complejo, sobre todo cuando creyó ver algo parecido a una cabeza peinada por el viento negro azul del río, en el centro del claro. El entorno de ese espacio enmarcado por cintas de balizamiento policial, debería estar poblado de oficiales uniformados, uno o dos inspectores, voces, flashes de fotografías, un perito, y radios pegadas a bocas anunciando el suceso a diversas autoridades; pero no había nada más que ellos dos, el monte, el río y el cielo; como si la llegada de esa noche tan distinta que inauguraba al invierno, hubiese dejado caer sobre el pueblo un olvido pasajero, una apatía elegida. Pero la inexorable verdad era que la policía de un pueblo tan quieto y lento como ese, no se movería a esa hora por algo tan enredado y enfermo, lo que de alguna forma era mejor, pensaba Rossetti, porque podrían hasta perjudicar una posible investigación de solamente intentarlo. Él se haría cargo al otro día.

Se escuchaba el rumor riguroso y siempre despierto del río, que fluía en uno de sus tantos brazos a escasos metros del claro. Lo que protegían las cintas todavía era conocido por pocos: algunos sirvientes de la ley, el viejo Ramírez y ahora Rossetti. Al otro día, como cerveza o refresco cuya botella se hubiera agitado sin parar durante horas, todo se destaparía liberándose al roce del aire y el entendimiento, logrando así fomentar en el pueblo, un interés nervioso por la noche exterior de sombras frías.

 

Rossetti nunca quiso ser policía. Él quería lo que viene después, lo que se logra manipular a la perfección si se es distinto, si se descubre cómo la obsesión bien canalizada puede ser genialidad; esto se alcanza, en la mayoría de los casos, descartando todo aquello que no contribuya al objetivo primordial, obligándose uno mismo a una ciega tenacidad. A Rossetti no le interesaba andar por la vida portando un arma y obedeciendo como un mono las órdenes de un superior bruto e incompetente, confundido por la burocracia que le caía arriba como efecto dominó iniciado, una y otra vez, por cada integrante de la cadena ascendente de puestos penales y judiciales. Pero debía atravesar, y sobre todo conocer esa estructura de mando compuesta por obedientes y mediocres títeres de la ley, que flotaban en un mar de hastío y reglas absurdas, inventadas por bestias diosificadas por las masas. Tenía que hacerlo para meterse en ese mar y empaparse de vivencias y escenarios repletos de apática injusticia, sangre, drogas y abuso de poder. Sabía que era necesario nadar en ese mar; primero, sobre la superficie, con la cara hacia el fondo, mirando desde arriba; y luego, poco a poco, ir sumergiéndose atento a cada cambio de corriente submarina y a cada componente de los distintos niveles de profundidad, aprendiendo a protegerse del creciente aumento de la presión a medida que descendía. Una vez ahí abajo lo siguiente era prepararse para encontrar el cauce preciso que lo haría desembocar en un océano de verdaderos abismos y seres que a lo lejos parecen muertos, pero que de cerca tienen mucha vida quieta acumulada. Y en ese océano debería permanecer recorriéndolo entero, transformándose en un híbrido adaptable a cada designio caprichoso de la impredecible naturaleza. Luego, al alcanzar el enorme pedazo de tierra que lo esperaba, debía erguirse y caminar otra vez por la superficie terrenal aparentando haber estado siempre allí, aunque secretamente atento a su nuevo mundo interior, imperceptible por los demás. Pero ese complejísimo y trascendente recorrido tenía que empezar por algún lado, nacer en otro Rossetti, uno del pasado, uno que distaba mucho de ser el perro inteligente y duro que es ahora.

 

El detective no movía músculo alguno mientras le metía los ojos a eso. El viejo Ramírez lo miraba a él de la misma forma que uno, con disimulo, pone la vista en otro lado cuando tiene delante una escena desgarradora que es incapaz de tolerar; encima, ahora que la negrura nocturna se desprendía recia del cielo, la escena, secundada por la presencia viva y atenta del río, y la luz del ojo blanco que seguía siendo la luna, adquiría para el viejo un tono abrumador, de pesadilla viva, que le recordaba con intensidad distinta lo visto horas atrás, a media tarde.

Los segundos se arrastraban pesados y Rossetti continuaba mirando con expresión muerta, más que fotografiando el todo disgregado en la semipenumbra o filmándolo para guardarlo impoluto en su memoria, tratando de absorberlo parte por parte, hasta que pestañó y le dijo al viejo:

—Bueno don, por hoy estamos. No se mueva de su casa y espere, que mañana la cosa va a ser distinta.

—Le dije que era una barbaridad, ¿vio?

—Sí, vi. Ahora, dígame: ¿dónde encuentro un lugar para pasar la noche?

Mientras volvían a la casa, el viejo le explicó cómo llegar a un hospedaje donde, según él, estaría cómodo y cerca de todo. Cuando estaban sobre la puerta del frente, agregó:

—Cualquier cosa, si se pierde o se olvida, va a ver, siguiendo por donde vino, un boliche, lo de Raimondi, pregunte por ahí que le dicen.

Era difícil que Rossetti se perdiera, casi imposible, pero no venía mal la información.

Ahora, el pedazo complejo de materia impaciente, hecho de carne y motor, marchaba una vez más por el camino. Otra vez las mismas casas con sus patios delanteros, las luces patinadas y los rumores animales aquietados por el frío. Otra vez el aire brumoso en movimiento. Otra vez la vista aguda del perro inteligente paseando por la noche sin descuidar la trayectoria. Atrás, el viejo en su casa, empinando la botella de vino frente a la estufa, atragantándose casi y ya pensando en abrir otra, rogando que el letargo etílico llegue lo antes posible para soportar el paso (y el peso) de esa noche tan distinta.

 

-Augusto Coronel Odizzio-